El feudalismo, forma de organización política, económica y social característica de la Edad Media, surgió como consecuencia de la política de concesión de tierras a los caballeros puesta en práctica por el emperador Carlomagno a partir del siglo IX. Esas tierras, o feudos, se transformaron en Estados, a veces muy pequeños y en otros casos de una extensión equivalente a la de los reinos, que quedaron en manos de duques, marqueses, condes y barones. La sociedad adquirió una estructura piramidal, conocida como sistema de vasallaje. Los campesinos eran vasallos de los barones; éstos, de condes o marqueses, que lo eran a su vez de duques, y en la cima de esa estructura se encontraban los monarcas, con un poder mucho menor que el que tendrían en la Edad Moderna. Entre cada vasallo y su señor se establecía una relación que comprendía derechos y deberes mutuos. Por ejemplo, los campesinos se comprometían a entregar al señor feudal parte de sus cosechas y a combatir junto con él en caso de guerra. Éste, a cambio, los defendía y les permitía refugiarse en su castillo en caso de ser atacados.
El Estado central quedó muy debilitado. Los señores feudales luchaban entre ellos para obtener tierras y poder. En muchos casos se aliaban para derrocar a un noble de mayor rango, o al mismo rey, y lo sustituían por otro que favoreciera sus intereses. Europa, que había estado unida bajo el Imperio Romano, quedó fragmentada e incomunicada.
En la Europa feudal, empeñada en guerras y en la lucha por una subsistencia precaria, hubo poco espacio para el desarrollo de la cultura. Las ideas y los escritos de los grandes autores grecolatinos se conservaron en abadías y monasterios. En ellos, los monjes copistas se ocupaban de transcribir los textos en libros que ilustraban con bellos dibujos. Parte de esa herencia cultural también fue conservada por los árabes, que tradujeron a su lengua, por ejemplo, los escritos de Aristóteles.